Sueños húmedos de un escritor
Lorenzo Alba
Tuve un sueño un día. Soñé que las cosas eran fáciles. En serio, fáciles, que no se necesitaba tanto rollo para ligarse una chava, y que nunca le saldrían con la pregunta estúpida, justo cuando ya se ha olvidado uno de la ropa “¿pero qué van a pensar de mi?” —cómo qué van a pensar, si soy el único que está aquí.
Soñé que llegabas al banco y no había cola, que siempre había cajeros de más para atenderte, cuatro, cinco, algunos hasta se aburrían pues les faltaba gente.
Soñé que, de entrada, nuestro país era una federación y entonces no había ningún trámite centralizado, sino que todo lo podías hacer desde el lugar donde vivías, pero además ningún trámite era complicado. No te mandaban a veinte oficinas diferentes, no te pedías las treinta copias del formato número 5 del SAT. Los funcionarios públicos de atendían de volada, y cuando sólo se trataba de poner una firmita, te la ponían ahí mismo, nada de que regresaras cinco días después ni mucho menos.
Soñé que se podía dormir hasta tarde, que a todo mundo se le pagaba un buen sueldo, por lo menos lo justo, que los precios bajaban, que la inflación se borraba del diccionario, que cada quien hacía lo que tenía que hacer sin estar viendo, además, cómo se chingan al de al lado.
Y soñé con tus ojos, con tus labios y que así, sin que siquiera tuviera que preguntarlo, me dabas el sí.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario