Llegas cansado, con el tizne de la Ciudad de México adherido a los dedos, pegado a todo tu cuerpo como el olor de una de esas novias a las que reencuentras un día y tienes que estar con ellas sólo por una noche más.
Llegas y el dolor de cabeza se va convirtiendo en una punza difusa, pero constante. Hoy te fuiste. Igual hoy llegaste después de haberte peleado con los dinosaurios del sistema, con la hidra de mil cabezas de empleada gubernamental que sólo repite, a manera de maldición gitana, “pase a la otra ventanilla”, “le falta un trámite”, “Uy, joven, fíjese que eso no se hace en esta oficina”.
No puedes decir que resultaste vencedor. Como heridas de la batalla te queda el tobillo torcido, el leve dolor de garganta, el sangrado en la cartera —aún así piensa “que baratos son los taxis del distrito federal”. Pero no te has rendido, al contrario, a manera de amenaza, de bravata adolecente juraste que volverías para el segundo round. Y así lo tienes decidido. Vale madres, ¿a ver quién puede más? Si la burocracia perene de un país que se dice una federación, o tu necedad, tu instinto de hacer las cosas a la mexicana, a fuerza de tesón, porque ningún gobernante va a venir a decirte que no puedes, porque no importa cuántas vueltas te hagan dar, cuántas formas SAT de número cinco te pidan, vas a regresar, una y otra y otra vez. Es la paciencia del héroe contra las momias de Donceles, de la colonia Asturias y contra los monstruos de la Secretaría de Gobernación, malos hijos de Cuauhtémoc.
Pero en fin, ya has llegado. Sientes las ganas de bañarte, de quitarte la melcocha de una ciudad que nunca fue tuya, pero que te trata igual que a todos sus hijos cuando vas de visita. Ya llegará tu oportunidad, ya llegará el round dos, ya el Heracles de la fábrica de textiles se irá a poner en la madre con la Diana Cazadora y las bestias y los monstruos de la Ciudad de México, teniendo como escenario glorioso los socorridos anuncios de Wonder Bra.
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