¿Cómo se reparten los amigos?, te preguntas mientras caminas rumbo a la casa de María, donde solías verte todos los viernes y, ocasionalmente, algún jueves con ellas, con las cuatro, tus amigas, tal vez las únicas que te quedaban y que tenían ya el sello de aprobación de tu ex —porque ay de ti si se te ocurría mirar a otra, una que no fuera oficial; podías estar seguro de que se te armaría en grande, tal vez no en ese momento, pero dos o tres días después, incluso dos meses más tarde, pero de que tendrías que pagar, tendrías que pagar.
Y ahí vas, sorteando los charcos de los empedrados de la ciudad de Querétaro. Las botas, las viejas botas que llevan contigo desde un año antes de que conocieras a Ex, y ocho meses después de que la relación se terminara, están ya húmedas. Quisieras poder quitártelas, descansar un rato los pies en algún lugar seco y templado, pero sabes que no puedes. Tienes que acelerar el paso, te esperan; sabes que el arreglo fue especial, que si se van a reunir este viernes es sólo por ti, porque María y Hena se juntan con Ex los martes, una reunión sólo para mujeres a la que tú no estás invitado, por lo tanto no puedes llegar tarde.
La reunión de los viernes se suponía cancelada. No es que tu no quisieras seguir asistiendo a ella, al contrario, de alguna manera era lo que hacía tu semana, sin embargo las actitudes de Ex hicieron que se te quitara el gusto, que cada viernes estuvieras a la defensiva, situación que ella aprovechaba para decir “ven, si yo soy toda linda, el que no quiere verme es él”. Lo más curioso es que así lo parece, sin embargo sabes que no es el caso; lo sabes porque si bien ella siempre te recibía con la mejor de las sonrisas y era la que te llamaba por teléfono si te retrasabas, insistiendo en que lo dejaras todo y fueras la verlas, también era la que te negaba el saludo si pasabas junto a ella en la calle, o la que no te contestaba el teléfono porque ya no tenías cabida en su nueva vida.
Y ahora estás en esta situación, donde tus amigas y Ex han decidido cómo es que se van a repartir los tiempos. Ellas se verán los martes, en una reunión secreta en la que de seguro tienen algodones de azúcar y magos y música y todo lo que te gusta.
A ti te toca los viernes, en una reunión extraña, en la que todo se presiente más como una obligación que un gusto. Justo el otro día platicabas con Hena y ella te decía que no le agradaba la situación, porque sentía que si iba a la reunión de los martes estaba obligada a ir los viernes, no fuera que te sintieras mal. Y eso, por supuesto, te hace sentir mal.
Sigues caminando por entre los charcos, tratando de alejarte lo más que se pueda de los camiones que pasan a toda velocidad y mojan lo mismo a niños, jóvenes y estudiantes de enfermería. Bajo el brazo llevas una “baguette” y no puedes dejar de pensar que en otras circunstancias te verías un poco afrancesado. Con cada paso que das el sentimiento es más grande, esa sensación de que la reunión de los viernes es por lástima, tu premio de consolación en consecuencia de todas las cosas maleas que Ex dice que le hiciste y de las que ya ni siquiera tratas de explicar qué pasó en realidad.
¿Cómo se reparte a los amigos? Te preguntas frente a la puerta de la casa de María, con el dedo a punto de hacer contacto con el timbre. Estás seguro de que en este truene tú fuiste el que salió perdiendo, que en algún momento Ex te hizo pendejo y se fue con tus amigos, con tu autoestima y con aquel billete de doscientos pesos que, literalmente, se robó de tu casa. Sea como sea, mientras escuchas el timbre que zumba y ves a María que te abre la puerta con la sonrisa cansada, y ves a Hena que se prepara para marcharse, te convences de que eso de la repartición de los amigos es como la repartición de la riqueza, tiene más quien más miente, y siempre termina en injusticia.
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