Yo recuerdo cuando era alumno y estos días llegaban. Uno no puede pensar en nada más que en lo que va a hacer cuando llegue el fin de semana, a dónde se va a ir con el nuevo puente o en casa de quién se va a organizar la borrachera.
Y ahora que escucho a mis alumnos, la mayoría de ellos reprobados en más de una materia, recuerdo esos tiempos en donde no había nada más importante que la fiesta.
Pero ahora estoy al otro lado. Desde detrás del escritorio la verdad es que la cosa es igual, pero diferente. Claro que uno como maestro también quiere irse de puente, claro que uno también está pensando a dónde salir, en casa de quién juntarse, qué películas va a ver durante todo el día. Pero no podemos hacerlo público. Mientras que los alumnos "rumoran" —lo pongo entre comillas porque lo que ellos creen que son murmullos, en realidad son gritos pelones que todos, incluso los de los salones de al lado, pueden escuchar— los maestros tenemos que dar la clase, y esperar que se nos haga el milagro y que lago de lo que hemos dado en estos días, que tampoco ha sido mucho pues las circunstancias juegan en nuestra contra, se les pegue a los alumnos, aunque sea a uno, para que el día del examen alguien responda esa pregunta de manera correcta y nuesta consciencia esté tranquila.
Y uno se arma de valor, y deja el doble de tarea con la esperanza de que aunque la mente de los estudiantes esté en otro lado, algo se les quede. Mientras, detrás del escritorio, uno sigue soñando, aunque no diga nada, aunque no haya nadie con quién compartirlo en el salón de clases, con lo mismo que sueñan los alumnos.