jueves, 17 de julio de 2008

Una colaboración del amigo Lorenzo Alba, que escribe en el Corregidor

Sueños húmedos de un escritor
Lorenzo Alba
Tuve un sueño un día. Soñé que las cosas eran fáciles. En serio, fáciles, que no se necesitaba tanto rollo para ligarse una chava, y que nunca le saldrían con la pregunta estúpida, justo cuando ya se ha olvidado uno de la ropa “¿pero qué van a pensar de mi?” —cómo qué van a pensar, si soy el único que está aquí.
Soñé que llegabas al banco y no había cola, que siempre había cajeros de más para atenderte, cuatro, cinco, algunos hasta se aburrían pues les faltaba gente. 
Soñé que, de entrada, nuestro país era una federación y entonces no había ningún trámite centralizado, sino que todo lo podías hacer desde el lugar donde vivías, pero además ningún trámite era complicado. No te mandaban a veinte oficinas diferentes, no te pedías las treinta copias del formato número 5 del SAT. Los funcionarios públicos de atendían de volada, y cuando sólo se trataba de poner una firmita, te la ponían ahí mismo, nada de que regresaras cinco días después ni mucho menos. 
Soñé que se podía dormir hasta tarde, que a todo mundo se le pagaba un buen sueldo, por lo menos lo justo, que los precios bajaban, que la inflación se borraba del diccionario, que cada quien hacía lo que tenía que hacer sin estar viendo, además, cómo se chingan al de al lado.
Y soñé con tus ojos, con tus labios y que así, sin que siquiera tuviera que preguntarlo, me dabas el sí.

Idas y venidas

Llegas cansado, con el tizne de la Ciudad de México adherido a los dedos, pegado a todo tu cuerpo como el olor de una de esas novias a las que reencuentras un día y tienes que estar con ellas sólo por una noche más. 
Llegas y el dolor de cabeza se va convirtiendo en una punza difusa, pero constante. Hoy te fuiste. Igual hoy llegaste después de haberte peleado con los dinosaurios del sistema, con la hidra de mil cabezas de empleada gubernamental que sólo repite, a manera de maldición gitana, “pase a la otra ventanilla”, “le falta un trámite”, “Uy, joven, fíjese que eso no se hace en esta oficina”.
No puedes decir que resultaste vencedor. Como heridas de la batalla te queda el tobillo torcido, el leve dolor de garganta, el sangrado en la cartera —aún así piensa “que baratos son los taxis del distrito federal”. Pero no te has rendido, al contrario, a manera de amenaza, de bravata adolecente juraste que volverías para el segundo round. Y así lo tienes decidido. Vale madres, ¿a ver quién puede más? Si la burocracia perene de un país que se dice una federación, o tu necedad, tu instinto de hacer las cosas a la mexicana, a fuerza de tesón, porque ningún gobernante va a venir a decirte que no puedes, porque no importa cuántas vueltas te hagan dar, cuántas formas SAT de número cinco te pidan, vas a regresar, una y otra y otra vez. Es la paciencia del héroe contra las momias de Donceles, de la colonia Asturias y contra los monstruos de la Secretaría de Gobernación, malos hijos de Cuauhtémoc. 
Pero en fin, ya has llegado. Sientes las ganas de bañarte, de quitarte la melcocha de una ciudad que nunca fue tuya, pero que te trata igual que a todos sus hijos cuando vas de visita. Ya llegará tu oportunidad, ya llegará el round dos, ya el Heracles de la fábrica de textiles se irá a poner en la madre con la Diana Cazadora y las bestias y los monstruos de la Ciudad de México, teniendo como escenario glorioso los socorridos anuncios de Wonder Bra.

domingo, 13 de julio de 2008

Dando inicio

Y un día te encuentras muerto de los nervios, sin novia, sin amigos, sin nadie a quien poder marcar para que escuche lo que tienes que decir, para que te ayude aunque sea un poco, para que simple y sencillamente esté ahí. 
El miedo, o serán los nervios, no te dejan hacer nada. No puedes leer porque los pies te bailan y te mandan a viajar por el pasillo solitario de la casa. Ver la tele está descartado, una película —dura mucho, no podrías aguantar—, salir tampoco pues la agorafobia te da todos los días trece y ni modo, salir a la calle se suma a los muchos pánicos que ya tienes. 
¿Entonces qué haces? Te pones a escribir, no porque sea lo mejor, pero porque es la única manera en la que las manos se mantienen ocupadas y el rítmico golpeteo de las teclas te distrae los nervios. Sabes que el blog nadie lo va a leer, tampoco es como que vayas a repartir la dirección a todo el mundo para que sepan qué es lo que te está sucediendo, aunque quién sabe, tal vez así comprendan los repentinos cambios de humor, la euforia incontrolable, las depresiones, los días en que a todo le haces el fuchi, o aquellos en que encuentras a las golondrinas de la puerta de tu casa verdaderamente fascinantes. 
Pero no llegas a la decisión del blog así como así, antes ya checaste todas las páginas que te gustan, te conectaste al msg y checaste tu correo en busca de algo de contacto, como quien está seguro de que la vida extraterrestre llegará un día por paquetería, COD por supuesto. Revisaste también el boleto del Melate de hace quince días, te habías olvidado de él en una caja de cigarros que hiciste humo mientras esperabas, nada en específico, sólo esperabas. 
Y así llegas a la página de los blogs, todo el mundo lo está haciendo ¿tú por qué no?
Te espera la página en blanco, tendrás que escribir algo, no se puede quedar así, tendrás que poner tus sueños, tendrás que decirle a la gente que eres un escritor que no escribe nada porque nadie se lo ha pedido, tendrás que decirles tus verdades, los secretos que vas modificando, disfrazando para que nadie conozca la realidad, pero entre disfraz y disfraz dejas verlo todo, te vuelves transparente. 
Sudas, los dedos se acalambran, te sientes mareado. Eso, tómate un respiro, profundo. Tal vez deberías comenzar con otra cosa, algo más sencillo, tal vez, hoy que es tu primera vez, deberías de escribir sólo: Hola.