Podría decir que estoy pensando en esto o en aquello; en ti, en nosotros, en la forma en que la luz cae desde la ventana y se estrella contra el estampado florido del sillón.
Podría decir que me duele, que lo disfruto, o reflexionar en que lo disfruto porque me duele, o duele porque lo estoy disfrutando.
Podría arrancarme el cuerpo e ir a acompañar a aquella alma que está perdida en alguna habitación de la casa olvidada.
Podría dejarlo todo, tomar un camión al punto inexistente escogido al azar, dejar que la mirada se pierda y los relojes se vuelvan locos. No sabré qué hora es; en un instante será media noche y minutos después las seis de la mañana; será hora de ir a dormir, el momento de despertar entre tus brazos.
Podría morir de tristeza y resucitar tres, cuatro, veinte días después para ver que nada ha cambiado, que la casa sigue sola, los amigos distantes y que tú permaneces ausente.
Podría morir de risa, entonces, a lo mejor, ya no me darían ganas de resucitar, pues que mejor forma de irse que con la carcajada a mitad de la garganta.
Podría subir, bajar, entrar, salir, hablar, callármelo todo. Podría insultar, y hasta ahí, porque en estas épocas no me quedan ganas de alabar a nadie.
Podría decir lo que siento, y que lo siento. Podría, podría.
Pero justo hoy, no quiero.
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