Como maestro el día del examen es uno de esos momentos que podría significar la revancha contra todos aquellos alumnos que no prestan atención, los que hablan en clase y aquellos que no leen los libros, pero la verdad es que nunca me ha salido ser el maestro malvado.
Lo anterior no quiere decir que no disfrute la cara de angustia de mis alumnos al momento en que les voy dictando las preguntas yse van dando cuenta de que no tienen idea de lo que estoy dictando, pues una de las cosas que tienen mis examenes es que no son de memorización, sino de pensar; y no hay nada que le duela más a los alumnos que pensar.
Tengo que admitir que me divierte el ver cómo todos se hacen bolas y comienzan ha hacerme las preguntas del examen, pero con otras palabras, como intentando que me haga bolas, me apiade de ellos. Todos hablan al mismo tiempo, lanzando las más locas hipótesis de lo que deben de ser las respuestas del examen. Yo intento ponerlos en la ruta en la que deben de ir para responder la pregunta, pero ellos solos, en su afán de responder rápido y con el minimo esfuerzo, se comienzan a hacer bolas y cambian su respuesta de lo que está más o menos bien, por unas que están terriblemente mal.
El caso es que termina el examen y todos tienen cara de "es usted un maldito profe", y me preguntan las respuestas de examen. Como buen maestro les contesto todas. Se quedan con la boca abierta, todo era más fácil de lo que pensaban. "¿Pero maestro, cómo ibamos a saber eso?", me prguntan. "Fácil", les digo, "solo tenían que poner atención en clase".
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